Opinión

La batalla del gas para recuperar el autoabastecimiento

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El déficit energético ha expuesto la inconsistencia estructural del modelo de sustitución de importaciones con orientación productiva al mercado doméstico

 

La batalla del gas para recuperar el autoabastecimiento

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Por Daniel Gustavo Montamat (*)

 

El nuevo billete de 500 pesos llevará impresa la imagen del Ex Presidente Arturo Fondizi. Toda una definición simbólica de de la referencia histórica que busca la nueva administración del Presidente Mauricio Macri.  Don Arturo Frondizi recibió un país en terapia y con pronóstico reservado. Subordinando la “ética de las convicciones” a la “ética de las responsabilidades”, que tiene en cuenta las consecuencias de las acciones,  Frondizi  lanzó una audaz política petrolera que en pocos años revirtió un déficit estructural de balanza energética y alcanzó el autoabastecimiento. La nueva administración recibe un país con serios problemas y con los desafíos propios del siglo XXI. Está obligada a reconciliar a la Argentina con el futuro, pero ello depende también de la capacidad de aprender del pasado. George Santayana advierte que “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Veamos lo que la “batalla del petróleo” lanzada por el Presidente Frondizi puede enseñarnos para enfrentar los desafíos energéticos que nos aguardan.

En el primer mensaje presidencial, el 1 de mayo de 1958, el Dr. Arturo Frondizi expresó:

“Juntamente con la promoción industrial, deberá impulsarse enérgicamente el aprovechamiento de las riquezas energéticas y mineras. Debemos alcanzar el autoabastecimiento energético, basados en la explotación de los yacimientos de petróleo, carbón y en la utilización de la potencia hidroeléctrica. Ello nos permitirá ir sustituyendo gradualmente importaciones de combustible que en 1957 han insumido la cantidad de 318 millones de dólares (Diario de Sesiones).

Frondizi diagnosticó que el modelo productivo de sustitución de importaciones para promover el desarrollo industrial de la Argentina de aquellos años tenía una falla estructural: habíamos desarrollado industria liviana dependiente de insumos importados, cuando el país seguía siendo fuerte importador  de industria pesada (petróleo, siderurgia, minerales, petroquímica). Ese esquema derivaba en recurrentes crisis de balanza de pagos. La dicotomía agro o industria, profundizaba en la gestión peronista, asumía que los dólares del agro iban a financiar el desarrollo productivo industrial, pero el propio Juan Perón al final de su gestión adviertió que por más buenas cosechas que se den en la Argentina, los dólares agropecuarios nunca iban a alcanzar para financiar el déficit de industria y energía. De allí su giro a la búsqueda de capitales privados y el cuestionado convenio con la Standard Oil de California.

Casi  tres meses después de asumir la presidencia, el 24 de Julio de 1958, viene el mensaje de “La batalla del petróleo”.

Allí se expresa:

“Actualmente el país importa alrededor del 65% de los combustibles líquidos que consume. Sobre unos 14 millones de m3 consumidos en 1957, aproximadamente 10 millones provienen del exterior.

La Argentina no puede continuar por este camino que se ha convertido en una peligrosa pendiente de declinación. En 1930 cuando éramos poco más de doce millones de habitantes, el petróleo y sus derivados insumían menos del 8% de nuestras importaciones y el país producía el 45% del consumo. En 1957 con veinte millones de habitantes, el petróleo y sus derivados representaron más del 21% de las importaciones y el país produjo aproximadamente el 35% del consumo.

La opción es clara y así lo debo advertir al país, o seguimos en esta situación, debiendo recurrir a una drástica disminución del nivel de vida del pueblo con sus secuelas de atraso, desocupación y miseria o nos decidimos a explotar nuestra riqueza potencial para crear las condiciones de bienestar y seguridad de un futuro próximo y cierto. (Dirección de Prensa, Poder Ejecutivo)”.

En el mismo discurso Arturo  Frondizi enumeró los contratos firmados para exploración y explotación entre  las  empresas petroleras extranjeras y la YPF estatal, y envió al Congreso  un proyecto de ley de hidrocarburos  (se sanciona en noviembre como ley 14.773), donde se estableció que los hidrocarburos sólidos y gaseosos  pertenecían al dominio inalienable e imprescriptible de la Nación y que la ejecución de la política petrolera nacional iba a estar a cargo de YPF.

Llovieron las críticas. Este no era el mismo Frondizi que había defendido el nacionalismo petrolero a ultranza y el monopolio de YPF en Petróleo y política. Pero dejemos que se defienda él  mismo de las acusaciones que recibió. En Petróleo y Nación (1963) dice el ex Presidente:

Se dijo que la política petrolera del presidente era todo lo contrario de lo que había sostenido el ciudadano Frondizi en su libro Petróleo y política. Me complace recoger este cargo. No vacilo en reconocer que la doctrina de dicho libro no corresponde enteramente a la política practicada por mi gobierno. En el libro sostuve la necesidad de alcanzar el auto abastecimiento petrolero a través del monopolio estatal. Era una tesis ideal y sincera.

Cuando llegué al gobierno, me enfrenté a una realidad que no correspondía a esta postura teórica por dos razones: Primero porque el Estado no tenía los recursos necesarios para explotar por sí solo nuestro petróleo y segundo porque la inmediata y urgente necesidad de sustituir nuestras importaciones de combustibles no dejaba margen de tiempo para esperar que el gobierno reuniera los recursos financieros y técnicos que demandaba una explotación masiva que produjera auto abastecimiento en dos años. [. .. ] No vacilé en poner al país por encima del amor propio del escritor.

Creo que cualquier argentino en mi lugar hubiera procedido en igual forma, salvo que hubiera sido un político que prefiere cuidar su suerte electoral antes que el bienestar y el progreso de su pueblo. Mantuve el objetivo fundamental que era el autoabastecimiento, pero rectifiqué los medios para llegar a él.

Dos lecciones del Frondizi estadista para quienes quieren en el presente practicar la buena política. En el ejercicio del poder la “ética de la responsabilidad” compromete decisiones que a veces ponen en juego principios y convicciones que nos obligan  a confrontar los medios con los fines y asumir los límites que impone la realidad. Max Weber nunca planteó un pragmatismo inmoral cuando distinguió la “ética de la convicción” de la “ética de la responsabilidad”, como algunos quieren mal interpretar. La “ética de la responsabilidad” es la que impone al estadista asumir costos políticos y rectificaciones concretas cuando está en juego el supremo interés de la Nación. En la Alemania nazi, decir toda la verdad sobre un vecino podía implicar entregarlo a la Gestapo, al campo de concentración y a la muerte.

Al plantear la batalla del petróleo el ex Presidente también nos enseñó que uno es el nacionalismo de “medios” y otro el nacionalismo de “fines”. Urgía el desarrollo para generar empleos nuevos y dignos y para revertir la declinación argentina. La soberanía energética no pasaba por consolidar el dominio de una empresa monopólica que había sido debilitada en su autonomía de gestión y carecía de recursos financieros suficientes, sino en dejar de importar petróleo y desarrollar el potencial energético con capitales nacionales y extranjeros.

Recuerdo que el propio Juan Perón en 1958, en su libro  La fuerza es el derecho de las bestias,  denostó a  “los nacionalistas de opereta”, “que han hecho tan mal al país con sus estupideces como los colonialistas con sus vivezas.”

A la “la batalla del petróleo” la reivindican sus resultados. El promedio de la producción petrolera  de 1962 fue de 272.131 barriles día, y el del consumo doméstico de  292.729 barriles día. Pero la producción de diciembre de 1962 fue de 295.605 barriles día y ya sobrepasaba el consumo. El objetivo del autoabastecimiento se había logrado en 4 años, en los que la producción nacional había crecido un 174%.

Mutatis mutandi, hay  significativos paralelismos entre los problemas y desafíos energéticos que heredó la gestión del  presidente Arturo  Frondizi y los que heredará la nueva gestión de gobierno a partir de diciembre del 2015.

Hoy como antes el déficit energético ha expuesto la inconsistencia estructural del modelo de sustitución de importaciones con orientación productiva al mercado doméstico. Hoy como antes la energía es parte del serio problema económico que nos tiene varados en el estancamiento inflacionario y en la pérdida de empleos productivos. Y hoy como entonces el desarrollo del potencial energético es clave para reorientar el modelo productivo y transformarlo en un proyecto de desarrollo económico y social.

Los datos señalan, que en el último quinquenio, en promedio las exportaciones de manufacturas de origen industrial (MOI) fueron de u$s 25 mil millones por año, y el déficit de la balanza comercial sectorial fue de 30 mil millones por año, dado que el promedio de compras al exterior de ese sector fue de u$s 55 mil millones. Es decir, por cada 5.5 dólares que importa el sector industrial, exporta sólo 2.5. Las exportaciones industriales son de 600 dólares por habitante en la Argentina, contra 2400 para México y 9800 de Corea. Los precios excepcionales de la soja disimularon el problema, pero el déficit energético a partir del 2011 puso de nuevo la recurrente crisis de balanza de pagos en el tapete. En diez años la canasta comercial energética dio vuelta 12.000 millones de dólares (pasó de un superávit de 6.000 millones, a un déficit de más de 6.000 millones en 2014). De nuevo el dilema: o bajamos la importación de insumos industriales (y cae el empleo y el nivel de actividad), o aumentamos el destino regional e internacional de nuestra producción manufacturada. El modelo productivo del siglo XXI tiene que fundarse en el valor agregado exportable, articulando las cadenas de valor primarias (agro, energía, minería) con la industria y los servicios para vender más al mundo a partir de una base regional. Están en juego  3.000.000 de nuevos empleos productivos en los próximos años.

Con datos cerrados del año pasado, el conjunto de los consumidores  argentinos de gas natural pagó por el producto 4.500 millones de dólares. Los proveedores (productores locales, gas de Bolivia, gas por barco) cobraron por el suministro 10.300 millones de dólares. La diferencia de 5.800 millones de dólares se cubrió con subsidios que pagamos todos con impuestos, o con financiamiento inflacionario. Son subsidios que benefician más a los ricos que a los pobres. La cuenta eléctrica fue peor.  La demanda agregada del país pagó  US$ 2.716 millones y la oferta que generó los electrones facturó 10.325 millones. Los subsidios eléctricos sumaron 7.609 millones de dólares.  Los subsidios energéticos totales sumaron 15.700 millones de dólares en el 2014 (el 71% de los subsidios económicos),  y se han erigido en un rubro central del déficit público. Este año 2015 han seguido creciendo por la mayor incidencia del subsidio eléctrico. No hay posibilidad de formular un plan de estabilización serio que apunte a una macro estable sin abordar esta distorsión de la herencia energética. Habrá que transformarlos en subsidios a la demanda y luego focalizarlos en una tarifa social. El resto de las tarifas de gas y electricidad tendrán recomposiciones que permitan recuperar los costos económicos.

Pero lo más importante frente al cuadro sombrío que plantea la economía y la energía del presente a la administración Macri es que la batalla del gas natural nos ofrece en el 2016 una oportunidad para revertir la declinación energética,  además de la posibilidad que la energía vuelva a ser una palanca del desarrollo económico y social. El gas natural sigue siendo el principal recurso de la oferta primaria de energía argentina (52%) y el principal combustible para generar electricidad. En esta década de populismo energético nos consumimos las reservas probadas y el año pasado en promedio importamos el 30% del gas inyectado en los gasoductos. Con algunos estímulos este año empezó a revertirse la declinación productiva de gas. Pero una nueva política que recree certidumbre de largo plazo y convoque a la inversión nacional e internacional puede asombrarnos con una reactivación productiva inimaginable con la administración que se fue. Hay más gas convencional para explotar, y  hay tight gas (gas de arenas compactas)  y shale gas (gas de esquisto) para desarrollar. El 84% de los recursos no convencionales de la Argentina, y el 77% de los recursos de Vaca Muerta son gasíferos. Sólo desarrollando un 10% del gas de Vaca Muerta (30 TCF) podemos recuperar la producción nacional para abastecernos y volver a exportar saldos a la región. Contamos con una de las industrias de gas natural más maduras del mundo. La batalla del gas debe poner estos recursos en valor  convocando  capitales y tecnología. La batalla del gas no excluye el desafío petrolero y la necesaria diversificación de la matriz con energías alternativas. Por el contrario, establece ritmos y prioridades en una política de largo plazo para un sector y  un país obligado a reconciliarse con el futuro.

 

(*) Director de YPF. Ex Secretario de Energía- Ex Presidente de YPF.

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