Transición no es sustitución

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Ing. Carolina Sánchez

La transición energética no es solo un tema de descarbonización de la atmósfera migrando la oferta energética desde las fuentes fósiles a las renovables. La Transición energética implica un complejo cambio cultural, social y político al servicio de la captación, generación, distribución y uso de la energía con un rol fundamental, si lo ponemos en el contexto de la recuperación económica post pandemia por COVID-19.


Es una oportunidad para profundizar la diversificación de fuentes de energía, con un aprovechamiento de los recursos energéticos presentes en la superficie y profundidad de la tierra (aumentando incluso la eficiencia del aprovechamiento de los yacimientos convencionales y no convencionales de combustibles fósiles existentes), en los procesos de transformación (en plantas e instalaciones generadoras) y en el transporte (de energéticos y energía), para ampliar el acceso a la energía a costos asequibles, no sólo para vivir en este planeta, sino para el crecimiento económico de su población, con el enfoque de minimizar las emisiones de CO2 a la atmósfera.
El sistema de contabilidad de producción y consumo de energía, se segmenta en tres etapas: Oferta total energética primaria (TPES), transformación y el Consumo total final (TFC). Sólo una parte de la TPES, pasa por una transformación/conversión antes de abastecer la TFC.


A nivel global, la TPES fue de 13972 Mtoe, el 86.2% de esta energía fue producida a partir de los siguientes energéticos primarios: Petróleo, carbón, gas y nuclear, dicho de otra manera, fue de origen no renovable (casi el 82% fue de origen fósil). Para el mismo año, la TFC fue de 9717 Mtoe, el 29% de este consumo fue industrial, otro 29% se atribuye al transporte y el resto se reparte en otros diversos usos (IEA 2019).


Si bien siempre el consumo de energía fue medida del desarrollo económico, aquí hay que destacar un aspecto fundamental que tiene que ver con la sostenibilidad de cualquier sistema energético y económico: hay que hacer un uso más eficiente de la energía (de la disponible actualmente y de la que se genere en el futuro) y esto implica profundos cambios culturales e inversiones para el desarrollo de tecnologías de transformación más eficientes. Si (como todos los pronósticos indican) se va a producir mayor consumo de energía, que sea para generar desarrollo humano y económico, no para compensar la ineficiencia.


La concepción de la transición energética como una mera sustitución por fuentes renovables, no sólo parece errada en términos cuantitativos considerando la historia de la evolución de las tecnologías y el suministro energético de los últimos 200 años, sino que es de un reduccionismo inconducente.


La demanda de electricidad en cualquiera de los 3 escenarios del World Energy Scenarios 2019, crecerá entre 2020 y 2040 a una tasa que se estima entre 45 y 60%, para el uso principalmente en acondicionamiento térmico de edificios, en la industria y para electromovilidad. Respecto a la participación de las energías renovables, para 2020 el 26% de la electricidad global será producto de estas fuentes y esto podría alcanzar según estos escenarios entre el 33 y el 43% para el año 2040.


Algunas líneas para políticas energéticas estables, deberían orientarse al diseño de incentivos financieros al desarrollo de fuentes renovables por sector de consumo, la inteligente alocación de subsidios (para promover fuentes renovables o la eficiencia, hibridación o sustitución para fuentes fósiles e incrementar la potencia instalada para generación distribuida a partir de diversas fuentes, además de la finalidad social) y las configuraciones impositivas que premien la eficiencia y favorezcan inversiones hacia una matriz diversificada en fuentes energéticas junto al desarrollo de la tecnología asociada a la captación, secuenciación, transformación y despacho de esa energía.

Parece tener más sentido desarrollar incentivos no sólo basados en la fuente energética que se quiere promover, sino considerar también el sector económico que se establece desarrollar, otorgando un rol activo a la demanda, quien además tiene muchas oportunidades de mejora en la manera de usar eficientemente la energía. Una lógica similar a la que se aplica en los topes de emisiones impuestos donde se regula este aspecto, orientada al impulso de los sectores industriales estratégicos de cada país.


Los desafíos en infraestructura y eficiencia de transporte de la energía generada por cualquier fuente, son todavía importantes. Es necesario reconocer y valorar la interdependencia de recursos y producción y mejorar la resiliencia de los sistemas interdependientes alimentos-minerales-energía-agua frente a los actuales y futuros desafíos ambientales y de seguridad.


La pandemia por COVID 19 puso en evidencia los riesgos de la interrupción del transporte de energéticos (como el crudo y el carbón). Eventos climáticos extremos como, por ejemplo, los megaincendios producto de la sequía en diversas zonas del mundo también provocaron daños a instalaciones y desconexión de numerosos usuarios de la energía eléctrica transportada por largas distancias en líneas de mediana y alta tensión. Las extensas redes eléctricas podrían revelarse como el eslabón débil de la transformación del sector eléctrico (incorporando fuentes renovables), con consecuencias para la fiabilidad y seguridad del suministro eléctrico, advierte la Agencia Internacional de Energía (IEA,2020).


Dicho esto, hay inmensas oportunidades de introducir el análisis de la generación de energía con transporte tendiendo a cero: generación distribuida o descentralizada en base a la demanda y de operación (con posibilidades de ser remota) de microrredes. Hablamos de una migración desde sistemas centralizados donde la prioridad son los activos, hacia los descentralizados donde la prioridad está en los servicios energéticos. En estos sistemas, tanto oferentes como demandantes acceden a la información para tomar decisiones en múltiples escenarios y en tiempo real.

Sistemas donde los actuales actores adoptan otros roles (por ejemplo, las distribuidoras migrando desde su rol comercial, hacia un rol más operativo en base a su conocimiento de la red o los reguladores ocupándose de las redes inteligentes) y donde pueden surgir nuevos actores como, por ejemplo, agregadores de demanda, quienes generan un nuevo nicho de mercado cuyo agregado de valor justifique sus servicios.


Pero fundamentalmente, para fortalecer los sistemas de integración de energías de fuentes renovables o bajas en emisiones (hidroeléctrica, nuclear, por caso) es necesario apuntar a la flexibilidad, una gestión inteligente de la demanda, la digitalización del control y la resiliencia integral del sistema.


Y en este aspecto de la flexibilidad de los sistemas energéticos, se abren una serie de nuevos vectores de mercado con impacto positivo en el ambiente: el transporte público eléctrico por su capacidad de acumulación en baterías de alta densidad energética (acumulación móvil), el rol del gas natural o de la energía nuclear para compensar la intermitencia de las fuentes solar o eólica, el rol del hidrógeno como una forma despachable de almacenamiento de energía para la diversificación o el ulterior papel que juega la disminución del costo de la acumulación en baterías estáticas (a través de grandes instalaciones de acumulación) sustituyendo el rol del gas en los sistemas eléctricos abastecidos total o parcialmente con fuentes renovables integradas. De la ciencia de la biología sabemos que la diversidad es oportunidad.


La transición energética es una transición a nuevos modelos de negocio energéticos, que requiere de análisis multidimensionales, para la resolución del llamado trilema energético: que los recursos energéticos se transformen en formas de energía disponibles, accesibles y aceptables desde el punto de vista ambiental y económico en todo el planeta.

No se trata de un lugar al cual llegar, sino de un camino a transitar, donde la mayor parte de los esfuerzos estarán puestos en la eficiencia energética y en integrar energía generada de diversas fuentes con flexibilidad e inteligencia. La transición energética nos presenta muchos más desafíos que la mera sustitución de fuentes, y una transición justa, para todos, muchos más aún.

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