La debilidad de la OPEP produce remezones geopolíticos

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El Shale norteamericano ha revolucionado al mundo energético. Este hecho disminuye notoriamente a la otrora temible Opep y a su locomotora, Arabia Saudita. El profundo conocimiento de Emilio Cárdenas en materia de geopolítica es una alhaja que no debemos desaprovechar para comprender —y prever— el impacto de las políticas internacionales.

Escribe Emilio Cárdenas (*)

La OPEP, el alguna vez poderoso cartel conformado por los principales países exportadores de hidrocarburos, acaba de decidir -como se esperaba- recortar su producción agregada en aproximadamente un 2%, con el propósito abierto de inducir un aumento en los aletargados precios internacionales actuales del petróleo crudo.

El tema de pronto se había vuelto urgente desde que los precios internacionales de los hidrocarburos se han debilitado enormemente, todo a lo largo de los últimos meses. Sólo desde el comienzo de octubre pasado, un 26%.

En conjunto con Rusia, los productores de la OPEP retirarán ahora del mercado un millón doscientos mil barriles de crudo por día, dos tercios de los cuales serán recortados por los propios miembros del cartel exportador y el resto, en cambio, por sus compañeros de ruta, incluyendo en esto a la Federación Rusa y a Kazakhstán. Para muchos es un recorte simbólico, pero insuficiente, que no tendrá un impacto mayor en el nivel de precios internacionales.

Irán, Venezuela y Libia, cabe recordar, quedaron en este caso expresamente fuera del compromiso de disminuir sus respectivas producciones nacionales. En el primer supuesto, por tener en cuenta el fuerte impacto de las sanciones económicas que han sido impuestas a Irán por los EEUU, que dificultan el acceso al mercado internacional del crudo iraní y, en los otros dos casos, por sus notorios problemas económicos y de gobernabilidad internos, que los están obligando a tener que reducir sus respectivas producciones nacionales, por pérdidas de eficiencia.

En paralelo, Qatar anunció que dejará de pertenecer a la OPEP, después de casi seis décadas de pertenencia a ella. Había ingresado en ella en 1961.
Recordemos que hablamos de un pequeño país del Golfo que tiene alguna remota vinculación política con Irán y con Turquía, razón por la cual ha sido económicamente sancionado por sus principales vecinos. Esto es, por: Arabia Saudita, los Emiratos Árabes, Bahrain y Egipto, países que argumentan que -a través de esas vinculaciones- Qatar “apoya ideológicamente al terrorismo”. Lo que conforma una acusación realmente muy grave. Y no demasiado creíble.

El retiro de Qatar, está claro, debilita políticamente a la OPEP y ha sido, en los hechos, un movimiento tan duro como inesperado, a punto tal que ha sorprendido a muchos observadores.

Qatar, recordemos, es el más grande exportador de gas licuado. En cambio, produce apenas unos 609.000 barriles de crudo diarios, contra unas 77 millones de toneladas de gas anuales.

En el interior mismo de la propia OPEP, Qatar era un participante cuya influencia política individual efectiva en la marcha del referido cartel podía considerarse como más bien marginal.

La revolución generada por el aumento de la producción norteamericana de hidrocarburos a partir de la explotación del llamado “shale” -que recién comienza y hace soñar, con razón, también a los argentinos que de pronto advierten la enorme importancia de privilegiar el desarrollo de Vaca Muerta- ha transformado a los EEUU (que no forma parte de la OPEP) en el ahora más importante exportador de hidrocarburos del mundo, disminuyendo así notoriamente no sólo la influencia política externa de la OPEP, sino también la de su destacado principal actor individual: Arabia Saudita.

Esa producción de hidrocarburos a partir del “shale”, hoy es nada menos que del orden de los 3,7 millones de barriles diarios. Y seguramente no decaerá sensiblemente, sino que seguirá creciendo, al menos en los próximos años. A lo que debe agregarse que la demanda mundial de hidrocarburos ha caído, por aumento de eficiencia, unos 4,4 millones de barriles desde el año 2000.

Esto pese a que el inusual presidente norteamericano, Donald Trump, ha mantenido su ostensible apoyo al controvertido príncipe saudita Mohammed bin Salman -que nos visitara recientemente- pese a las densas sombras que sugieren que sería él, precisamente, quien habría decidido dar muerte -en el propio consulado de su país en Estambul- a un importante periodista de su país, Jamal Khashoggi, conmoviendo con ello al mundo entero.

Esa atribución, que es sumamente grave y que el referido príncipe saudita -desgraciadamente para él- no parece haber conseguido disipar, ha dejado a su país en una suerte de rincón de precariedad diplomática. Sin que hoy la alianza con los EEUU tenga la crucial importancia estratégica que mantuviera por espacio de algunas décadas.

Arabia Saudita, cabe destacar, recicla inteligentemente buena parte de los dólares que recibe por las constantes compras norteamericanas de su crudo, adquiriendo en los propios EEUU abundante material militar de última tecnología.

Pero el fuerte aumento de la producción doméstica de hidrocarburos de los EEUU sugiere hoy que sus importaciones totales de hidrocarburos podrían disminuir hasta ser de apenas unos 330.000 barriles diarios, el año que viene.
Hoy ocurre que los EEUU son –como queda visto- mucho menos vulnerables a los aumentos repentinos de los precios internacionales de los hidrocarburos que lo que fueran hasta no hace sino apenas un par de años. Todo un cambio significativo con consecuencias geopolíticas que, por profundas, no deben minimizarse. Al que se suma una realidad distinta: la OPEP ya no es, geopolíticamente, lo que alguna vez fuera.

El presidente Trump está por lo demás recibiendo presión creciente por parte de su propio Senado para que su administración asuma un rol más activo en la ya impostergable pacificación de la guerra civil en Yemen, donde los sauditas están luchando contra los rebeldes “Houtis” locales, que en su insurrección están apoyados por Irán, en la que es una guerra cruenta -y salvaje- que genera cada vez más un horror generalizado en el mundo entero.

Y aparece ahora una segunda sombra, aún mucho más compleja. Y más preocupante. Es la que tiene que ver con el avance en los EEUU de un inusual proyecto legislativo que finalmente aspira a poder imponer penalidades fuertes a los países miembros de la OPEP que actúen (como la han venido haciendo, desde siempre) como un “conglomerado monopólico”.

Para Arabia Saudita, que tiene refinerías y activos importantes en los EEUU, ésta última puede terminar siendo una verdadera pesadilla, ya en ciernes, de consecuencias todavía imprevisibles, sobre las que el reino del Golfo deberá estar especialmente alerta, por todo lo que pueden implicar.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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