Opinión

La economía y la energía en la ruta de los consensos

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Un somero análisis de la macroeconomía argentina muestra la imperiosa necesidad de encontrar consensos politicos para concretar el cambio. Otra Argentina es posible.

Por Daniel Gustavo Montamat *

Si comparamos 2016 con 2011 la tasa de variación anual del PBI promedió un -0.3%. Pero el PBI per cápita punta a punta cayó un -7.2%. En el 2017 vamos a crecer alrededor del 3%, y si logramos sostener este ritmo de expansión, el PBI per cápita en el 2020 va a ser similar al del 2011. De las esferas oficiales ha trascendido el objetivo de crecer 20 años a una tasa sostenida del 3%. Descontando el crecimiento poblacional, con esa tasa de expansión de la economía llevaría 36 años duplicar el ingreso per cápita. Algunos dirán que esa tasa es segura y mejora la tasa promedio histórica de los últimos 20 años, que entre subidas y bajadas, fue de 2,1%.

Si elevamos la tasa de crecimiento potencial al 5%, el producto per cápita se duplica en 18 años. Si la elevamos al 6%, en 14,4 años. La tasa con que se proyecta el crecimiento es baja porque ha bajado el techo de nuestro crecimiento potencial debido a que durante años hemos estado invirtiendo poco y mal. Para usar un ejemplo del sector, la compra de equipos generadores a gasoil para cuando se corta la luz es una inversión utilizable en la contingencia que no agrega nada al crecimiento sostenido de la economía.

Las “rutas a la nada” a medio terminar, tampoco. La inversión de baja calidad estimula temporalmente la demanda global en el curso de su ejecución, como el consumo cortoplacista, pero no consolida el crecimiento, ni genera empleo estable. Para elevar el techo de vuelo del crecimiento potencial hay que invertir más y mejor, lo que agregado a la innovación y a la calificación del recurso humano eleva la productividad sistémica. Ese debe ser el objetivo del “reformismo permanente” al que apuntan los consensos básicos alcanzados entre Gobierno y oposición.

Poco ahorro, poca inversión

La tasa de inversión bruta en la Argentina promedió en la última década el 15% del producto, cuando en la región latinoamericana promedió un 22%. La contracara de la baja tasa de inversión ha sido la baja tasa de ahorro doméstico, también de alrededor del 15% entre las familias y las empresas. El sector público consolidado, en cambio, viene de déficits consecutivos (desahorro) que el año pasado alcanzaron casi el 8% del producto.

Ese desahorro público se está financiando en parte con emisión y en parte con deuda externa, por eso el déficit de cuenta corriente este año va a alcanzar 4.5% del PBI. El desahorro público en un Estado crónicamente desajustado en todos sus niveles (nación, provincias, municipios) y una baja tasa de ahorro privado han deteriorado el volumen y la calidad de la inversión para sostener el crecimiento, y han institucionalizado la inflación (impuesto sobre las tenencias monetarias que no requiere aprobación del Congreso y no es coparticipable) y los default cíclicos de la deuda externa como mecanismos espurios de ajuste de las distorsiones acumuladas. Los índices de pobreza, exclusión y desigualdad son consecuencia directa de la incapacidad de crecer de manera sostenida con generación de empleo formal e inclusivo.

Ideas para cambiar

Algunos adjudican este circuito perverso, a los intereses en juego (la Argentina corporativa que supimos conseguir); a nuestras deformaciones culturales (el “Cambalache” de valores que arrastramos); o a la ingobernalidad política que se asume intrínseca al funcionamiento de las democracias liberales. Nos proponemos refutar estas perspectivas fatalistas y demostrar que otra Argentina es posible en el marco de la República y el desarrollo inclusivo.

En la historia comparada es posible demostrar que:

a. las ideas son más poderosas que los intereses en la conformación de la realidad social

b. el cambio institucional preside el cambio cultural modelando comportamientos y valores

c. los consensos políticos son consustanciales a la fortaleza del orden republicano

Siempre es bueno recordar la repetida frase de Keynes inserta en la última página de la “Teoría General de la Ocupación, el interés y el dinero “…las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo está gobernado por poco más que esto… Estoy seguro que el poder de los intereses creados se exagera mucho comparado con la intrusión gradual de las ideas”.

Es hora que los argentinos entendamos que son las ideas equivocadas, mucho más que los intereses en juego, las que tienen a la Argentina varada en el subdesarrollo, con crisis institucionales periódicas e índices alarmantes de pobreza y exclusión.

Los intereses han sido refractarios a los cambios, porque las ideas han condicionado esos cambios que hacen viable el progreso con inclusión social.
Douglass North revalidó en la teoría económica el rol fundamental de las instituciones en el proceso de desarrollo. Las instituciones son las reglas de juego ideadas por el hombre para regir la interacción humana en sociedad. Tendemos a identificar las instituciones con las normas y los poderes constituidos para crearlas, ejecutarlas y aplicarlas. Esas son las instituciones formales (poderes del estado, organismos estatales, códigos, leyes); pero North destaca la importancia relativa de las informales (usos, prácticas sociales, normas consuetudinarias, organizaciones informales) en el tramado institucional que condiciona el proceso de desarrollo.

Los microclimas institucionales generadores de confianza, donde se reducen los “costos de negociación” que genera el proceso de intercambio (costos de conocer el objeto de la transacción y de hacer cumplir compulsoriamente un acuerdo) favorecen el desarrollo. Por el contrario, las instituciones que imponen altos “costos de transacción” deprimen el clima de negocios y frenan el desarrollo.

Acemoglu y Robinson en ¿Por qué fracasan los países? sostienen que las instituciones económicas dan forma a los incentivos económicos, pero es el proceso político el que determina bajo qué instituciones económicas se vivirá; y son las instituciones políticas las que determinan cómo funciona el proceso. No hay determinismo cultural. Una misma sociedad sujeta a arreglos institucionales diferentes tiene distintas experiencias de desarrollo económico y social. El ejemplo de las dos Coreas es paradigmático.

Como el del pueblo Nogales, en Arizona (EE.UU) vis à vis Nogales, Sonora (Méjico). Están separados por un alambrado, comparten familias, tradiciones y gustos, pero los niveles de desarrollo son muy diferentes.

Arturo Enrique Sampay, quien fuera presidente de la comisión redactora de las reformas de la Constitución de 1949, en su libro Crisis del Estado liberal burgués conjuga los argumentos del español Donoso Cortés y del alemán Karl Schmitt en su crítica al liberalismo y al régimen de división de poderes de las democracias liberales. Según estos pensadores la democracia en los regímenes liberales es sólo formal y no tiene el ethos que inspira a los pueblos a vivir en comunidad. Por eso expresa una sociedad decadente.

Karl Schmitt planteó la política como conflicto y del conflicto derivó la confrontación “amigo”-“enemigo”, “pueblo”-“antipueblo”, en la que abrevó el intelectual populista inspirador de los K, Ernesto Laclau. Como los marxistas y los fascistas, los populistas también piensan que la democracia liberal (la de nuestra Constitución) da cobertura a una organización económica injusta y corrupta que identifican con el sistema capitalista.

Aunque la generalización que hacen se da de bruces con la democracia liberal de los escandinavos, por ejemplo, y es incapaz de explicar el giro chino a la economía de mercado con un régimen de partido único, la Argentina no ha podido desde el golpe del 30 exorcizar la idea de que democracia de la Constitución es débil, y que la suma de consensos políticos dentro de su marco es signo de resignación y contubernio. El poder, en la visión de estos críticos, se ejerce con un Congreso sumiso y una justicia dependiente. Sin embargo, el populismo en sus versiones más o menos autoritarias no puede exhibir ni una sola experiencia de desarrollo exitoso en la economía comparada, y, entre nosotros, ha repetido fracasos.

Los consensos básicos permiten la coexistencia de un poder limitado y equilibrado con la posibilidad de atender las prioridades presentes y de generar un proyecto colectivo en una sociedad plural. Los consensos son consustanciales a la República.
Colofón: son las ideas equivocadas las que hay que cambiar para revertir la decadencia argentina.

Gestión y rumbo

Si uno tiene en cuenta el rumbo, en estos dos años de gestión ha habido logros parciales indiscutibles: la Argentina volvió al mundo, volvió a ser sujeto de crédito en el mercado de capitales, restableció el instrumental para medir su salud económica y social, empezó a restablecer las señales de precios relativos en la economía (algunos con distorsiones que superaban el 1000%), estableció metas de inflación para reducir sus guarismos a tasas de un dígito, implementó planes de administración racional en una burocracia pública hipertrofiada y anárquica, y bajó los costos de la obra pública introduciendo transparencia y competencia en las compulsas. Ha impulsado obras de infraestructura estructurales con mira a la integración de regiones y a la reducción de costos logísticos.

Está superando la emergencia eléctrica y recapitalizando sectores con stocks agotados por la intervención discrecional y los precios políticos. Por supuesto, cambiar las ideas que nos entramparon hace décadas, y alinear los intereses a ideas alternativas, implica mucho más: implica recuperar la cultura del trabajo, con creación de empleos en el sector formal para dejar de usar a los pobres como instrumentos de la política y dignificarlos con oportunidades que les devuelvan libertad y movilidad social. Implica volver a tener una moneda sana, desinstitucionalizar la inflación, y acordar un contrato fiscal que permita poner en caja el desmadre del Estado en todos los niveles.

Lo dijimos y los repetimos: implica mucho más inversión e inversión de calidad. Implica calidad educativa, tecnología e innovación para aumentar la productividad sistémica y así elevar el techo de crecimiento potencial del producto. Es cierto que los déficits públicos de hoy se parecen a los de Kicillof si se detraen los ingresos del blanqueo, pero también es cierto que los déficits de hoy contabilizan la regularización de la deuda pública, la eliminación y reducción de retenciones y otros impuestos, además del pago de los juicios a los jubilados que los anteriores no contemplaban. Se puede apuntar a la disritmia entre la política monetaria y la fiscal, pero hay que admitir que los tiempos del agujero fiscal, aún en la vía gradualista planteada por el Gobierno, requieren, además de voluntad política para avanzar sobre privilegios corporativos, de nuevos instrumentos legales. La sustentabilidad de las cuentas públicas es un tema crucial de la agenda pendiente porque condiciona las bases del modelo de desarrollo inclusivo.

La vía de los consensos básicos

Un Gobierno más fuerte, aunque todavía sin control de las cámaras del Congreso, legitimado por un triunfo electoral que superó expectativas y amplió su horizonte político, tenía que decidir si los desafíos pendientes para consolidar el cambio los abordaba solo, con acuerdos tácticos para sacar algunas leyes y sumando poder en los nuevos turnos electorales; o a partir de una estrategia de mínimos consensos con la oposición para alcanzar acuerdos básicos plasmados en leyes que pavimenten la ruta de la República y el desarrollo.

En su amplia convocatoria a los gobernados y al Congreso el Gobierno optó por la vía de los consensos básicos. Es que en el camino de “republicanizar la democracia” es conveniente que la alternancia en el poder tenga un nuevo marco de referencia que incluya una mayoría crítica y marginalice las opciones populistas con su bagaje de valores, instituciones y políticas que nos han entrampado en el subdesarrollo. Sin este nuevo marco de referencia, el populismo queda como alternativa al cambio, y su largo arraigo en la sociedad y en la política argentina torna más probable que vuelva por sus fueros.

Consensos energéticos

La intervención discrecional, el cortoplacismo y los precios y tarifas políticos destruyeron el capital energético. Los consensos energéticos pasan por definir una estrategia de largo plazo (transición gasífera, inserción de renovables con back up de gas natural, contractualización y operación de los mercados), por reconstruir la institucionalidad del sector, y por recomponer precios y tarifas para que reflejen costos económicos (precios de competencia en los segmentos competitivos y tarifas reguladas por recuperación de costos en los segmentos donde hay monopolios naturales).

Ya hay un Acuerdo Federal Energético suscripto por el Presidente y los Gobernadores que contempla estos puntos. El Consejo Federal de Energía creado por ese acuerdo se reúne periódicamente para analizar estos temas y discutir estrategias de largo plazo en el sector. Se está superando la emergencia eléctrica, restableciendo señales de precios relativos y reinstitucionalizando el sector. Seguimos en transición, y hay una agenda pendiente para que puedan volver a operar los mercados energéticos con competencia y calidad de servicio. Pero hay que decirlo, el sector energético, con la tarea pionera del grupo de Ex Secretarios de Energía está a la vanguardia de los consensos que necesita la Argentina del futuro.

* Fue titular de YPF y Secretario de Energía. Es director de YPF S.A

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